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Como cambiarse de calzoncillo

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Uno ya no sabe si culpar a los políticos y al sistema. O a la inversa. Y si bien el marco legal es permisivo o, para ser más exactos, estúpidamente permisivo, hace que nazcan, crezcan y se reproduzcan como conejos las agrupaciones políticas al mismo ritmo en que duran los procesos electorales. Aunque parezcan distintos partidos políticos detrás de ellos y en muchos casos abanderándolos están las mismas caras que en otro momento han desprestigiado la mal llamada democracia guatemalteca. Estos viejos zorros se venden de nuevo con los rostros del cambio, como si no fuera un discursillo, que además ya huele a pasado de moda. Cada cuatro años, cuando nos acordamos que hay que elegir autoridades, nos damos cuenta que nada ha cambiado. Solo los colores, los dibujos en los logos y las cancioncillas. El resto, el esqueleto es el mismo. Así, como electores quedamos siempre en la disyuntiva entre votar por el menos peor o votar por quien jura será el paladín del cambio social. *** Digamos que no ...

Un buen faro

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El premio Ortega y Gasset obtenido por los periodistas salvadoreños de El Faro es un acicate para impulsar el periodismo centroamericano y animar a países, como Guatemala, que empujen su profesionalismo hacia contar las historias reales, cotidianas y no sumergirse en un bucle constante de cobertura plana. Quien ya leyó El criminalista país de las últimas cosas encontró un relato desgarrador en voz del único investigador criminalista salvadoreño, que le va abriendo paso al periodista Carlos Martínez para hacer un retrato de la violencia absurda que acumula cadáveres y los esconde bajo tierra. Con la compañía gráfica de Bernat Camps, la investigación multimedia ofrece un texto amplio y detallado, fotografías impecables y videos donde el mismo protagonista imprime el alma de la investigación. No es la primera vez que El Faro sorprende con trabajos de calidad periodística. Hay en su archivo digital material digno de consulta y valoración profesional, pero hay también, un camino trazado ...

Se nos quema la vida

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No recuerdo, digamos, cuándo fue que el terror ha pasado de la ficción a la realidad. Cuándo se vino a teñir de rojo una sociedad que se ha convertido en un espejo del miedo. De cadáveres que viajan en buses, que toman café, que tienen empleos y familias. Cadáveres que duermen, respiran y piensan acariciando a la muerte, cadáveres en potencia. El desgarrador llanto de Jorge Efraín Cac Gutiérrez, un taxista de profesión y padre de familia por decisión, quien en menos de media hora le asesinaron a su familia, golpea hasta el tuétano y nos vuelve a desnudar frente a una cosecha de imágenes tétricas de una historia cuyo desenlace ya es difícil de predecir. Una historia de nación que ha hecho perder nuestra capacidad de sorpresa, de humanización. Hastío. Ese sentimiento desolador de incapacidad. Narraciones que venden periódicos y ganan audiencia, que alimentan el terror. Uno pierde las ganas, de verdad, de defender lo indefendible. De beneficiar con la duda respuestas que se alejan de la r...

Desfile de incompetencias

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Es entendible que elegir a las trece de las mejores personas que compartan ideales e intereses para administrar un país como el de Guatemala es difícil. Es lógico, además, que conforme se vaya consolidando la estrategia de gobierno y se amarren las políticas que se gestionaron para cumplir con el mandato, más de alguien pierda la orientación y termine fuera del equipo. Eso pasa hasta en el futbol. Por eso los directores técnicos convocan hasta 25 jugadores para tener de donde escoger cuando los titulares no le rindan. Para eso sirven las listas de espera, las bancas. Los sustitutos. No es de extrañarse que cuando termina el tercer año del gobierno de Álvaro Colom sobrevivan solo dos ministros del equipo inicial que fue presentado unos días antes de la toma de posesión. Y si hay que leer entre líneas, podríamos suponer que algo bueno se ha estado haciendo en las políticas exteriores y del medio ambiente. Dado que en esa lista aún están bien agarrados de la silla Haroldo Rodas en la Canc...

Independencia le llaman

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Arrastre. Golpea. Arrastre. Golpea. El sonido uniforme del zapateo precisan las melodías monótonas y repetitivas de los redoblantes, liras y trompetas. Miradas serias y caras sudadas. En algunos casos, los menudos adolescentes cargan enormes tambores esperando que la partitura les haga entrar en acción y golpear dos o tres veces rompiendo el intervalo de la cadencia militar que identifican los desfiles en estos días. Independencia le llaman. En ese ambiente, dejando detrás de la cortina el fárrago de lodo sobre las carreteras y personas, el guatemalteco se viste con ese patriotismo - inexplicado - sintiendo por algunas horas la pertenencia cívica de un país. La banda ameniza el contoneo casi sensual de las muchachas vestidas con minifaldas y y botas cómodas que les permiten zapatear, saltar y bailar durante algunas cuantas horas. Bastones que llevan el ritmo melódico de los tambores y si uno logra fijarse bien, podrá apreciar alguna leve sonrisa que se le escape a una simpática batonis...

La pera loca artesanal

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Recuerdo exactamente que tenía doce años porque ese año terminaba mi primero básico. Era mayo. Casi cumplía 13. Llovía un poco, por eso utilizábamos el garash de la casa que para ese entonces me parecía enorme. En la viga central colgábamos un saco lleno de arena y lo golpeábamos siempre que volvíamos del instituto. Era divertido. Primero fue un pasatiempo de mis hermanos y mío. Hasta apostábamos por quién le daba el golpe más fuerte. Pesaba el condenado saco. Era de esos de Pantaleón y cuando le pegábamos muy duro iba soltando pocos de arena al piso de loza. Nos acostumbramos a ese pasatiempo. Era nuestra pera loca artesanal. Algunos días después se volvió popular nuestra pera loca artesanal y fueron llegando los demás patojos de la calle. Esos que nunca tienen nada más que hacer que estar en la calle. Es increíble pero a la hora que salía, siempre me los topaba. Eran los mismos: Diego, Tono, el Canche y Molocho, a este último nunca supe por qué fue apodado así. Tono era el más grande...

El guardián dejó su morada

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Uno de los mejores textos que he tenido frente a mí fue escrito por J.D. Salinger , de eso no tengo duda. Siempre pensé que no había nadie mejor que él. Aún lo pienso. En estos días, encontré una edición agradable y con las letras con el tamaño justo de su obra El guardián entre el centeno (The Catcher in the Rye -1951-), en donde narra las peripecias de Holden Caulfield, a quien siempre lo visualicé como uno de esos tíos malos a los que uno pretende llegar a ser. Hoy leo los periódicos en la Internet y me encuentro con esta triste noticia: su fallecimiento. Para mí Salinger es escritor pleno. El que escribe sin exponerse. Siempre protegió celosamente su privacidad. En los registros mediáticos únicamente se cuenta con una entrevista al The New York Times en 1974, y realizada vía telefónica. En ella, defendió energéticamente su derecho a conservar su vida privada. Odiaba las fotos y vivió muchos años alejado en una suerte de búnker en una pequeña comunidad de Nueva Hampshire, al nore...