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De motos y una lágrima

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Después de casi tres años decidí de nuevo comprar una moto. Aún la estoy pagando, pero sus resultados comienzan a verse: gasto menos, viajo más rápido y puedo estacionarla donde sea sin el estrés de andar taloneando un maldito espacio en los estacionamientos. Todo bien. Aunque no he olvidado los golpes que me dejó mi anterior caballo metálico y el casco aún tiene los raspones de las caídas no muy agradables que tuve, hay cierta tranquilidad en mi movilidad por la ciudad. Hasta el olor a humo es tolerable. No me enoja incluso soportar a los conductores infelices que se sienten superiores con sus cacharros y me cierran el espacio para no poder pasar. Es cierto que viajar en moto por la ciudad es síntoma de valentía y muchos me dicen que he cometido el peor error de mi vida al montarme nuevamente en esos vehículos, me consuelo al pensar que si tengo predestinado meterme un morongazo en el tráfico, no está de más apresurar el momento. Las motos son livianas y lo llevan a donde uno quiera. ...

Más que periodistas

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En mi breve camino sentado frente a una computadora y andando tras historias y estrofas de vida cotidiana, me he topado con charlatanes que sacan de este lindo oficio un tajo para su matate que más allá de construir un periodismo sólido lo desconfigura y crea estereotipos que dañan el trabajo de muchos otros que hacen de la libreta un verdadero orgullo. Pero no me detendré a llenar este espacio enumerando las consecuencias que generan este tipo de personas que se convierten en el cáncer que termina de enfermar el entorno de los buenos periodistas. Más bien pretendo hacer un homenaje casi inexistente del trabajo de los colegas que sobreviven en este medio guatemalteco, que no está de más decirlo, no se salva de los grandes males de toda la región. Guatemala, caso particular, hubo viejos colegas que fueron silenciados física y moralmente. La historia tiene en sus páginas nombres de valientes reporteros que con su trabajo aportaron un ladrillo en este muro inconstruible de la democracia. ...

Consumidos por el fuego

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Siempre he creído que una de las formas más despiadadas y cruel para morir es carbonizado por las llamas. Es difícil imaginarse la agonía que siente la víctima cuando es rodeado por el fuego, no puede siquiera ver cómo su cuerpo es calcinado porque a los pocos segundos de que su cuerpo entra en contacto con el fuego, sus pupilas son de los primeros órganos que estallan. Se va consumiendo poco a poco la piel, el cabello, las manos, los hombros, los labios, las uñas; después de un tiempo el dolor asfixiante dejan de manifestarse pues las conexiones nerviosas se achicharran mientras el cuerpo termina enjutado frente a los espectadores, si es que los hay. No hay quien salga con vida de tal hoguera, sobrevivir es un milagro, y una maldición permanente para el resto de la vida. Si llegase a morir por un accidente, me gustaría que fuese por obra de la naturaleza, sin dolor ni agonía. Y es que morir quemado es de las peores muertes, las otras son para mí, ahogarse, la sed, y el hambre (de ésta...

Efecto gasolina

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En una de las salas de proyección habilitadas en el Festival de San Sebastián, decenas de ojos críticos contemplaron la Guatemala según Julio Hernández. Ahí estaba, con las manos temblorosas y sin cruzar mirada con nadie, el cineasta guatemalteco presentó su ópera prima basada en una realidad que no escapa de su propia honestidad. Sin duda alguna, el premio obtenido por la cinta guatemalteca "Gasolina" el sábado pasado es un buen paso en el lento andar del séptimo arte guatemalteco, que por más que sus realizadores expongan sus proyectos no hay modo que se les brinden los recursos necesarios para hacer lo que Julio Hernández demostró, con sus propios medios. La cinta se presentará en no menos de mil salas en Europa. Vendrá al país a finales de octubre, y según el cineasta, esa será otra prueba de fuego. No extrañaría, por ejemplo, que la receptividad varíe a la obtenida en España. Algunos, quizá el auditorio guatemalteco no se sentirá reflejado en la película o le será muy di...

Very Important People

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No cabe duda, y aunque sean comentarios que se repitan hasta el cansancio, Guatemala es un país de los extremos. De contrastes. Habitan personas con suficiente poder económico que no envidian para nada a los millonarios centroamericanos, pero hay también los que viven en la suficiente pobreza para engordar las cifras que nos recuerdan lo miserables que somos; tenemos parajes paradisíacos que ensanchan el orgullo nacionalista de aquellos que esconden sus problemas en una capa patriótica o en un banderín de diez quetzales, pero hay también escenas tan tétricas que golpean el alma de los cazadores de gráficas y sacar de ellas grandilocuentes fotografías que forman parte de los portafolios premiados afuera. Contrastes. Desigualdad. Aún se recuerdan aquellas célebres frases del ex presidente Óscar Berger asegurando -más que interrogando- sobre la pobreza en el país: "Yo no he visto que los restaurantes dejen de llenarse", "yo no he visto que los vuelos dejen de salir del aero...

De olimpiadas

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Por lo menos unos segundos, miles de corazones vibraron bajo un mismo ritmo al ver desfilar en manos de Kevin la bandera azul-blanca. Y, de nuevo, brotes de nacionalismo hincharon los pechos de quienes aún mantienen la esperanza de que Guatemala consiga glorias por las que no ha luchado. Depósitos de fe a largo plazo cobran sus intereses cuando vuelven justas como las que ayer arrancaron en Pekín. Los doce atletas, jóvenes todos, llevan la entrega de conseguir un pequeño momento de felicidad para todos, o casi todos los que esperan la reencarnación de un nuevo fenómeno como la carlospeñamanía. Y, con esa característica de cortoplacistas en nuestra memoria colectiva, los mismos políticos cruzan los dedos para que la dicha nos sonría en China y ya sea Christian López, Luis García, Juan Carlos Romero, José Amado García, Alfredo Arévalo, Gisela Morales, Évelyn Núñez, Edy Valenzuela, Kevin Cordón, Juan Andrés Rodríguez, Ignacio Maegli o Rita Agüero consigan una presea. Así, nuestra atenció...

Se buscan diputados

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El vaso de la credibilidad --si es que alguna vez lo hubo-- está llegando al fondo. Tan sólo con mencionar el nombre del "Congreso" una retahíla de adjetivos nada agradables se enlistan entre la población. Y no es que la institución sea mala, pues como organismo es necesario para el sostenimiento de la gobernabilidad y la democracia, los malos han sido quienes en ella habitan. Desde que se tiene uso de razón, las nuevas generaciones no hemos conocido noticias agradables que emanen de ese edificio ubicado en la novena avenida de la zona 1. Son 158 motivos de discordia. Salvo algunos diputados que andan pululando por allí tratando de pelear contra la corriente, la mayoría de dignatarios tienen trapitos que terminan de ensuciar la decadente labor legislativa. Escándalo tras escándalo empañan el trabajo para el que han sido electos, en unos comicios que si bien no son del todo democráticos, sí han hecho que la población con marcar una boleta les den el beneplácito para cumplir c...