septiembre 05, 2015

"Con la rebelión, nace la conciencia"

Colectivos sociales simularon un funeral como un mensaje de rechazo al actual sistema y a unas cada vez más desprestigiadas elecciones. Foto tomada de Prensa Libre

Un proceso electoral es un espectáculo. Una gala llena de reflectores en todo el país. Un cabaret gigante donde todos tienen derecho a entrar por un momento, embadurnar su dedo y salir para ver detrás de un cristal quien se come el caviar al terminar el cálculo de las ganancias con forma de voto.

Para todo periodista, es un campo de batalla donde la pericia da lecciones, un aprendizaje sobre el tipo de sociedad en la que se tiene alojada la existencia. Me decía un maestro de periodismo que las elecciones, en países como Guatemala, son como un apartado de tiempo lento en donde los bufones se limpian la cara, se relajan y fingen ser buenas personas. De esa manera toman aire, renuevan sus promesas perdidas y acarician la posibilidad de aferrarse a lo único que saber hacer bien: aparentar.

Es el momento en que la fauna deja su habitáculo y sale a las calles con anzuelos de colores, palabras vacías en discursos mesiánicos llenos de promesas... aunque, bueno, es cierto que en esta campaña en particular los candidatos se dedicaron más a aruñarse jugando con argucias poco dignas para desacreditarse entre sí. Algunos con sutileza, otros con artimañas que solo los colocaban en refregones ridículos.

Que de la camada de catorce candidatos a dirigir el país, solo  dos o tres sobresalgan -y no porque sean los curalotodo-, es lamentable para una sociedad que se jacta de tener treinta años en un sistema democrático alejado de las perniciosas dictaduras militares que lo precedieron. Como periodista, pero aún más como ciudadano, no hallé convencimiento alguno en los esquivos planes de trabajo de las catorce propuestas. Planes, que vistos sin prejuicios, están lejos de captar simpatizantes.

Es la cuarta elección que presencio como periodista  y como votante. Las anteriores las conozco por hemeroteca. Pero algo hay de cierto, son las más inciertas y quizá las más absurdas. Sobre todo, cuando la mayoría de la sociedad no las quiere. Lo ocurrido este año, y más puntualmente, desde abril hasta la caída del general y su mano derecha, pone un sabor agridulce a lo que pueda pasar cuando cierren las mesas electorales.

Es cierto que Guatemala no es la misma, y como dice Camus, "con la rebelión, nace la conciencia", las jornadas de manifestaciones que se dieron cita cada sábado -que se reforzó con un sepelio simulado ayer-, deja abierta una pequeña puerta de esperanza de que la generación que nacimos en los ochenta, cuando hablar y gritarle corrupto a los gobernantes era una pieza de ficción, ahora hemos alcanzado cierta madurez y claridad, quizá no en qué es lo que queremos, pero sí en lo que ya no queremos. Y ese es un paso de gigante. #EstoApenasEmpieza

Twitter: @eswinquinonez


junio 09, 2013

Despertar

La maldita. Cumbre del Volcán Acatenango. Foto tomada en enero del 2013.

Despertar
abrir los ojos
siempre despertar

Regresar
del olvido
Despertar y respirar

Dejar atrás
cadáveres iracundos
que fustigan la memoria

Cavilar

Frescura de mañana
viento vivo del sur
acaricia cabellos revueltos
susurra pequeñas melodías
de pájaros cantores

Despertar
y atravesar
en un delicado aliento
cálidas añoranzas
que se quedan en almohadas

Despertar
alivio al caminar
surcar olas
en un día soleado

Despertar
pensar que hoy
es un día diferente

marzo 28, 2013

Cama 275

Cama y sábana del Seguro Social en la zona 9. (Foto tomada del archivo de elPeriódico)

En el  hospital, el tiempo no transcurre igual. Por momentos, se detiene. A veces, también mete el acelerador y camina sin dejar rastro.

En el hospital, la Muerte aguarda paciente en las sillas de los pasillos. Pide suero para aguantar despierta la noche y bebe café hecho en las viejas cafeteras industriales que producen litros de líquido que sirve para amortiguar, como placebo, el dolor de los medicamentos que reciben los huéspedes habituales.

En el hospital, no hay día, ni noche. La luz artificial confunde los débiles rayos que atraviesan las cortinas de las habitaciones. Esas viejas cortinas doradas por el polvo y decrépitas por el sol. Ventanas que son cuadros de luz, y nada más.

En el hospital, no hay distinción. Quienes entran son despojados de sus ropas y asisten a los quirófanos desnudos. Con la mirada curtida por el dolor. Sin teléfonos inteligentes, ni relojes caros. Desnudos, se enfrentan en ese pequeño lapso que separa la vida de la muerte. En posición horizontal son obligados a que otras personas, quizá ladinos, quizá indígenas, quizá de origen más humilde, quizá ricos, quizá mujeres, quizá hombres, quizá sus propios enemigos, hagan laboratorio con su cuerpo para terminar con el dolor.

En el hospital, los aposentos están uniformados. Azul, verde, rosado. Las paredes guardan en sus memorias historias de dolor y muerte. Cansadas, resisten los gritos desgarradores de las afecciones. Virus, cáncer, infecciones, tumores, lágrimas. En cada habitación se liquidan batallas vitales.

En el hospital, existe una rara camaradería. Convalecientes dispuestos a ofrecer restos de su vigor. Acompañar soledades y servir de patrulla protectora de los menos afortunados. Una extraña maquinaria de solidaridad duerme en fila, cama a cama, jeringa a jeringa. Sábanas lavadas millones de veces protegen los cuerpos cansados y mutilados, mientras la luz mortecina acompaña la serenata de aparatos respiratorios. Respiraciones que juegan con las sales en las mascarillas de oxígeno.
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Cirugía para hombres 3. Cama 275. Ese era yo. Perdí mi nombre, entre papeles y recetas.
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Entre los cambios de pacientes, los enfermeros acostumbran mantener en mente los espacios y las recomendaciones médicas. "A las 8 toca pastilla en la 260 y 269". "Mañana hay salida en la 279 y 268". "Aplicar una dosis más al 275, a las 8 y 12 de la noche". Todo estaba escrito en papeles que iban cambiando de mano en cada turno.

Los pacientes. Ellos sí que se conocen bien. Los que pueden y tienen lucidez para pasar las horas, claro está. El 276, por ejemplo, lleva el control de cada huésped del pabellón de hombres, Cirugía 3. Cuenta del caso de don Rafita, anciano de ochenta y tantos años, terco como una mula. Cuando piensa que nadie lo ve, intenta bajarse de la cama y, en su mente, escapar del lugar. Odia que le den comida en la boca y solo está feliz cuando llega su doctor a remover las nauseabundas gasas de su vetusto cuerpo.

O, Julio, un profesor de inglés con porte de soldado. Vigilante del anciano y velador de su siniestra. Era el contador de historias. Tenía respuestas a cada inquietud. Por momentos se detenía a acomodarse el cáteter de su cuello. "Los médicos creen que tengo un tumor en el cerebro. Me dan medicamento para calmar los fuertes dolores", dice interrumpiendo su relato. Según él, fueron extraterrestres quienes edificaron las ciudades en Tikal, Egipto y Camboya.

- Ustedes saben que en Palenque existe una tumba a treinta metros bajo tierra. El rey que está enterrado con sus tesoros tiene una pesada lápida de 9 toneladas. ¿Qué ser humano puede transportar 9 mil kilogramos? ¿Y hace mil años?. Esos fueron extraterrestres. Seres de otros planetas vinieron a sembrar civilización y quizá, los mismos seres humanos los alejaron.

- En Perú, se habla de "un gran pájaro metálico"  que selló las rendijas de las piedras que formaron los templos. Esos eran naves que en estos tiempos nos es difícil comprender.

Horas y horas. Julio, con la mirada inexpresiva y sin mayores sobresaltos que el dolor de su cuello, aseguraba que los libros que había leído en su vida le habían confirmado sus teorías.

Sobre la viga de cemento, pegada al muro azul, una moderna televisor mostraba Los expedientes secretos X, que servían de inspiración a Julio.

- Usted sabe de lo que estoy hablando -. Me decía el profesor esperando una aprobación con la mirada.

A la par de mi cama. Un hombre, cuyo nombre no recuerdo, cavilaba con su mirada fija en el techo polvoriento. Manos a los costados empuñaba el colchón de sábanas rayadas verdes. Sus pies semi inclinados tiritaban. Su rostro se arrugaba con cada impulso. Al notar mi presencia dijo, sin quitar su mirada del techo. - "¿siente sus piernas?".

Le ofrecí ayuda, sin éxito. Él insistió con el interrogatorio sin esperar respuesta.

- "¿En qué momento deja uno de ser útil? ¿de qué sirve todo lo que uno ha aprendido, lo que uno ha dominado o creído que ha dominado. A dónde se van las capacidades que poco a poco ha formado uno a través del tiempo y que somos obligados a desempeñar... con todas nuestras funciones vitales? Tengo miedo, amigo-, dijo y cerró los ojos.

Su miedo fue mío. Por un momento. Sentí su desesperación. Su frustración. El vecino de la Cama 274 tenía quizá cincuenta años. Me acosté, intenté ver hacia donde sus ojos se habían fijado. Solo vi miedo. Sentí escalofríos y cerré los ojos.

En el hospital, se escriben libros que nadie lee. En el hospital, caminan frías las sombras y se pierden entre el alcohol y la sangre. Un pequeño resquicio de esperanza acoge el viento mientras las puertas se cierran... lo mío solo fue el apéndice y estoy vivo. Más que ayer.

marzo 04, 2013

Señora rebosante

Ahí estaba. Llena. Ni una butaca vacía. O quizá muy pocas vacías. Que yo recuerde pocas veces --o casi nunca-, he visto la sala Efraín Recinos del Teatro Nacional en todo su esplendor. La Gran Sala, como es conocida, tiene 2 mil 048 butacas especiales, dos palcos presidenciales de diez butacas cada uno. En la planta hay 910 butacas y en el primer balcón 572. En el segundo balcón hay 311. Hay balcones laterales, que según la página oficial, sirven para la acústica.

Pues bien, todos asientos estaban ocupados y un enorme letrero en la entrada advirtiendo de la taquilla agotada. Era jueves y para respetar la puntualidad de los presentes, a las 20 horas inició el evento que inauguraba la temporada extraordinaria de la Orquesta Sinfónica Nacional.

El público aplaude al finalizar la presentación.



La excusa musical fue mayúscula: Los Beatles. Febrero, marzo. Son varias efemérides para celebrar al cuarteto de Liverpool, esa formación musical más famosa de todos los tiempos.  Y fueron Los Bichos, la banda guatemalteca homenaje a los británicos quienes se empeñaron en divulgar casi una veintena de temas de la larga lista de canciones frente a un teatro lleno y acompañados de la Sinfónica.



Lo mejor de todo es que repiten. El 10 de marzo y en el mismo lugar. Los Bichos y la Sinfónica Nacional. Combinación que, con una acústica diseñada por el recién fallecido Efraín Recinos, hacen que el teatro tenga vida y ofrezca un momento de esparcimiento cultural que es atípico en una realidad guatemalteca gastada por momentos pocos afortunados.

enero 07, 2013

Aquella vieja barba y las moscas sobre el desayuno

Templo de La Recolección en la zona 1 capitalina.*

Un anciano, a quien solía visitar en una de las calles del barrio de La Recolección, cuando con los compañeros del Adrián Zapata intentábamos buscar amoríos con las chicas del Inca --nunca fui bueno ligando, quizá por eso busqué otros pasatiempos, como hacer amigos en la calle-, pues decía que ese anciano, Javier se llamaba, aunque le gustaba que le dijeran don Piloy, cada vez que me veía me regañaba como si fuera su nieto o algo parecido.

- "Ah, patojo más huevón. Si no estudiás, te aparto un espacio al lado de mi banqueta"--fue lo primero que me dijo.

La verdad, y aunque sin jactarme, siempre tuve buenas calificaciones, frecuentaba las visitas con don Piloy, porque me parecía un tipo sabio y con muchas historias en su vida.

Canoso y mal hablado. Por su barba se deslizaban cabellos descoloridos que ocultaban una sonrisa incompleta. Creo que se sentía cómodo con mis visitas, aunque siempre decía cosas como "en la escuela deberías estar patojo pisado".

- ¿No te da miedo estar aquí? ¿No te da vergüenza que te vean los demás que vienen con vos? --me preguntaba.

Don Piloy tenía una maña y es que cuando salía un tema a colación se apoderaba del tiempo y mencionaba alguna anécdota de su vida. No sé, quizá tenía unos 75 años o así. Siempre lo vi con la misma ropa. Solo cuando había calor se quitaba una pesada gabardina donde guardaba trozos de pan, cuquitos y una vieja libreta donde anotaba cosas y dibujaba cosas.

Un día. Era viernes. El profesor que impartía el curso de Artes Plásticas no llegó al instituto y nos dejaron el último período libre. Llegué temprano con don Piloy, me había prometido contar "una historia importante".

Así fue. Llegué temprano y me senté a su lado. Era un callejón donde había árboles en las banquetas. Pocos vehículos circulaban por esa calle.

Don Piloy estaba sentado. Había mendigado monedas durante la mañana y consiguió la mitad de un desayuno que era invadido por moscas a un costado de su gabardina. Tenía su libreta en la mano que ocultaba con los dedos. Había detrás de él una bolsa negra y otra pequeña de colores. Creo que allí guardaba dos piezas más de ropa para cuando tenía la oportunidad de ducharse en alguna casa hogar o en algún parque.

- Sentate, mano --me dijo y comenzó su historia importante.

- ¿Te creés una buena persona? -dijo-, las buenas personas no existen. Las buenas personas nunca llegan a serlo. Nacen buenos, se crían mejores pero cuando crecen y la ambición se apodera de ellos, como moscas en la comida -miró el resto de su desayuno y ahuyentó los insectos-, entonces es cuando se vuelven malos.

Tomó lo poco que le quedaba de agua en bolsa. La arrugó y la lanzó con fracaso hacia un bote plástico de basura que estaba puesto en la calle.

- Yo fui ingeniero me dijo-, me miró pensando que me reiría o algo parecido. La verdad no me sorprendió. Siempre he creído que alguien puede ser cualquier cosa en su vida. ¿Por qué no podría haberlo sido? Me dije.

- Trabajé en la antigua estación de trenes en Izabal. Allá, mano, trabajábamos como negros, y te lo digo en serio. El Sol y el calor nos ponía la piel dura y ceniza. En los tiempos en que nos dejaban refaccionar y comer, más de alguno se escapaba a la tienda a comprar una cerveza bien fría. A mí me ha parecido una estupidez beber alcohol --tomó un viejo trapo que estaba sobre la gabardina y se sonó la nariz-, si algún día me muero, será por todo, menos por alcohol --dijo, mientras volvió a colocar el trapo sobre la gabardina-.

- ¿Es verdad eso, usted? -- pregunté.

- Ya comenzás a pensar que soy pajero --contestó.

- Esto te lo cuento -siguió-, porque me caés bien. Y porque vos sos aún una buena persona. Cuando te pongás más viejo serás un pendejo como la mayoría de la gente que camina por esta calle. Caminan con sus ropas limpias, zapatos lustrados. Algunas hasta usan corbatas, pero por dentro tienen el alma podrida. Algunos pasan con sus esposas de la mano, y al rato allá -señaló con la mano izquierda-, cerca de aquellos árboles se les ve trincándose a otras viejas, y aquí entre nos, más feas que balacera en la Terminal a la media noche. Pero no me hagás decir pendejadas. Te decía que cuando se acabó mi vida útil y por mi edad me echaron del trabajo que tenía, nadie me contrató --hizo una pausa, prolongada.

Yo tenía que irme. Había pasado quizá una hora o dos, lo sabía porque tenía hambre. Pero, la historia me interesaba. Conocía más y mejor al viejo sucio cuya barba me parecía más a la de un viejo sabio que a la de un mendigo. Parecía un caballero con traje sucio y sin planchar. Nada más.

- Nadie me contrató. Pasé días duros. Mis tres hijos ya habían salido de la Universidad y cada uno emprendió camino. Se vinieron a la capital. Dos se casaron y uno, para entonces, solo tenía una su traida en Ciudad Nueva. Aquí cerca -dijo, señalando hacia la dirección de la zona 2.

- Un día, me vine -dijo.

Ahora que recuerdo, nunca habló de su mujer. Entendí, creo y por la forma de expresarse, que se había muerto. Además, porque si lo hubiera dejado o algo parecido, hubiera hecho algún comentario. La ausencia de ese recuerdo parecía más un respeto sepulcral hacia esa persona.

Contó que viajó en un picop de alguien que comerciaba con frutas en la capital. Le cobró la mitad de lo que cobraría un autobús extraurbano. Visitó a cada hijo y dos de los tres rechazaron darle habitación para hospedarse mientras conseguía empleo.

El tercero aceptó. Al cabo de dos años, se casó y llevó a su mujer al apartamento que rentaba en la zona 11.

- Me echó de su casa. No hay dolor más perro que ser rechazado por sus propios hijos - dijo y suspiró.

A lo lejos vi que sus ojos se cristalizaron. Suspiró de nuevo. Alejó las moscas que buscaban los restos de desayuno que para entonces se había convertido en su almuerzo.

- ¿Vos creés que sos mejor que el resto de las personas?

- No -le dije.

La verdad, para entonces no me había preguntado algo así. Ni siquiera era capaz de diferenciarme entre los compañeros de clase. Para mí, toda la gente del segundo básico era igual que yo. Apenas y sentía diferencia entre la gente "grande" y la gente "pequeña".

Don Piloy siguió sentado. Tenía una camisa gris con líneas negras que apenas se distinguían. Unos anteojos de carey doblados en la bolsa izquierda de la camisa. Movía los dedos que se balanceaban en sus manos puestas sobre las rodillas. Hacía Sol y ya no había sombra del lado de la banqueta donde estábamos sentados.

La historia había empezado a no gustarme.

Solo dijo algunas cosas más, como que después de que lo echaron sus hijos, jamás buscó acercarse a ellos. Un dejo de tristeza y desilusión había invadido su vida y prefirió la calle y vivir en ella a piedad de los transeúntes que mendigar comida a quienes, según él, había pagado sus estudios y lo que lograron ser.

Al final de ese día. Viernes, creo que les había dicho. Anotó algunas cosas en su libreta. Apenas alcancé lo que había escrito. Aunque ya eran las últimas hojas, recuerdo.

Me despedí. Le di las gracias por haberme contado su historia. Me dispensé por irme así, sin conocer el final. Deduje que desde entonces estaba merodeando por el barrio La Recolección, lugar donde casualmente me acabo de mudar hace unos meses.

Dejé de visitar a don Piloy. Las tareas y otras cosas que se fueron acumulando en el camino, me impidió visitarlo.

Un día, fui de nuevo con la gente del segundo básico a buscar chicas al Inca. Como siempre, mi suerte no fue de la mejor y caminé hacia el callejón donde rondaba el viejo. No lo vi. La verdad, jamás lo volví a ver. Me dio pena no haberme despedido.

Quizá murió solo. Me imaginé que un día, de aquellas noches frías de invierno lo encontraron acurrucado frente al portón de madera deslucida donde solía dormir. Aferrado a su gabardina y anotando alguna que otra genialidad en su libreta. Me hubiera gustado leer qué era lo que con tanto ahínco escribía con un Bic negro.

* Imagen tomada de Skyscrapercity.com

junio 23, 2012

El mundo tiene hambre, pero nadie se pone de acuerdo


Protesta de jóvenes ambientalistas en contra de la reserva de los líderes mundiales para asumir compromisos en la cumbre Río+20. (Foto: Eswin Quiñónez)
SAN JOSÉ DE COSTA RICA (EN TRÁNSITO HACIA GUATEMALA) - Líderes mundiales se congregaron en un blindado recinto en Río de Janeiro para discutir los problemas ambientales que más afectan a las comunidades vulnerables.

Qué pena que un tercio de los alimentos producidos en el planeta se pierdan antes que lleguen al mercado. Qué pena que sean los desastres naturales intensificados por el cambio climático los que afecten, sobre todo, a quienes dependen del agro para sobrevivir. Qué pena aquí, qué pena allá, se lamentaron mientras eran consentidos con los más altos estándares de recepción en la ciudad carioca.

Esta semana participé en uno de los cursos de la Fundación Thomson Reuters en Río de Janeiro, Brasil, para ser capacitado sobre la cobertura de eventos de la categoría de la cumbre Río+20 que terminó el viernes en esa ciudad.

La cumbre, por sí misma no deja de ser interesante, cuando instituciones de la talla de Greenpeace, WWF, FIDA, FAO, etcétera, presentan estudios sobre la situación ambiental en el mundo, y las propuestas sobre cómo deben trabajar los Estados para asumir roles que detengan el deterioro del planeta y resuelva uno de los problemas elementales de la humanidad como es el hambre.

Sin embargo, y aunque se hacen millonarios gastos para reunir a líderes del planeta y sus delegaciones, es preocupante que pocos compromisos reales se asuman, y peor aún, que los felices términos se diluyan cuando los documentos llegan a las realidades de cada nación y se archiven en las estanterías del olvido.

En una de las reuniones, me topé con la lideresa indígena Otilia Lux de Cotí, quien participó en la presentación de conclusiones de los pueblos indígenas del mundo y que pretendían se incluyera  en el documento final de Río+20.

La señora Lux de Cotí fue enfática en decir que mientras Estados administren de manera favorecedora a empresas monopólicas y mientras los recursos que reciben por medio de fondos internacionales no lleguen con fuerza  a las comunidades afectadas, el problema de la degradación ambiental y la pérdida de cultivos por tierras dañadas, no se resolverá pronto.

Los pueblos indígenas, como representantes de la parte de la población que sufre de manera directa el problema del hambre y los daños ambientales, alzan con propiedad la voz de alarma para que aquellos países responsables de la contaminación y el desabastecimiento de recursos asuman su papel en proteger a la Madre Tierra.

Para mí, resulta una paradoja que el problema de la crisis alimentaria y el ecosistema sea discutido en un ambiente de lujo, en donde los más afectados tengan una participación marginada y que se defienda una soberanía absurda en un problema que si sigue ese ritmo en cualquier momento nos tocará pagar el pato a todos. El mundo tiene hambre, ¿es difícil entender eso?

junio 22, 2011

Como cambiarse de calzoncillo


Uno ya no sabe si culpar a los políticos y al sistema. O a la inversa. Y si bien el marco legal es permisivo o, para ser más exactos, estúpidamente permisivo, hace que nazcan, crezcan y se reproduzcan como conejos las agrupaciones políticas al mismo ritmo en que duran los procesos electorales. Aunque parezcan distintos partidos políticos detrás de ellos y en muchos casos abanderándolos están las mismas caras que en otro momento han desprestigiado la mal llamada democracia guatemalteca.

Estos viejos zorros se venden de nuevo con los rostros del cambio, como si no fuera un discursillo, que además ya huele a pasado de moda. Cada cuatro años, cuando nos acordamos que hay que elegir autoridades, nos damos cuenta que nada ha cambiado. Solo los colores, los dibujos en los logos y las cancioncillas. El resto, el esqueleto es el mismo. Así, como electores quedamos siempre en la disyuntiva entre votar por el menos peor o votar por quien jura será el paladín del cambio social.

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Digamos que no es una maña del guatemalteco eso de tener estereotipos o prejuicios contra los políticos locales. Tampoco es una total ignorancia el no construir verdaderos simpatizantes hacia equis o ye agrupación política. Mucho menos se trata de un analfabetismo político. Y aunque haya un poco de todo esto en nuestra sociedad, también el descrédito se lo han ganado con creces aquellas personas que adulteran los pocos caminos democráticos que tenemos para crecer como país y como sociedad.

Esa antipatía política es un elemento desastrozo para países como el nuestro en donde las vías para construir sociedad se reducen a un crayón, una raja de urna y un manchón de tinta en el dedo.

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¿Por qué no me sorprende que el padrón electoral llegue a los 7.5 millones como lo ha anunciado el Tribunal Supremo Electoral? Digamos que es normal, porque nuestra población adulta es distinta a la población adulta de hace cuatro u ocho años. Ahora hay más jóvenes, y jóvenes tecnificados que se han animado a probar suerte en las elecciones. Jóvenes que estrenan documento de identidad y quieren ponerlo en marcha con un evento por demás trascendental en su vida. Jóvenes que, a pesar las viejas mañas de los políticos, intentan en pequeños grupos encontrar una verdadera expresión cívica y dejar huella eligiendo entre toda la mala hierba aquella que está menos contaminada.

Contaminado por las mismas caras. Las mismas y malas alternativas que se presentan cada cuatro años. Caras que se presentan con un calzoncillo diferente, y digamos que de una forma reprochable que atenta contra la confianza de los ciudadanos que cobrarán la factura de sus ambición el día en que en las urnas haya una manifestación cívica, real y honesta. Al estilo indignados.

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Pero, dejando el pesimismo por un lado, es loable cómo se han despertado, quizá muy dispersos para mi gusto, esos movimientos juveniles que aspiran por la conciencia ciudadana y apelan a un voto más sesudo. Es, digamos, esperanzador que aunque no constituyan una fuerza política aún, pueden caminar a crear una rebelión cívica y pelear con lo que está a la mano. En el mismo sistema, ya que esto es lo que hay.
*Foto tomada de Padylla.com